
El sábado, hace menos de una semana, luego de acariciar sutilmente, en el recuerdo, la imagen de Sor Juana Inés de la Cruz, Eduardo Ramos Fusther me espetó con la pregunta que me puso tieso, afectado de gravedad y majestuosamente afianzado a la paradoja del desencajamiento “A ver señor Poeta de la Radio ¿Crees que pueda ser válida la comparación entre Sor Juana Inés de la Cruz y Paquita la del Barrio?” Quedé tan estupefacto que hasta que recibimos una de las muchas llamadas al respecto “¡El señor Eduardo no sabe lo que dice!”, fue que al reaccionar mi lóbulo parietal derecho donde se controla la agresividad -entre otras maravillosas manifestaciones de nuestra naturaleza humana- me comprometí a escribir sobre el tema.
Déjenme, les digo, que el espacio no me permite hacer un ensayo, ya que éste es la exposición del punto de vista del autor expresado mediante el sesudo análisis de un tema, bien documentado, con regularidad en el estilo, lógica en el desarrollo, veracidad en la expresión con originalidad y con el propósito de ser irrepetible; cifrado, a partir de la hipótesis o teoría del autor, en la necesidad de crear polémica en los lectores. Otra de las reflexiones a considerar es aquella que dice “Todo tiempo pasado fue mejor” cosa en la que no estoy de acuerdo, pues como dijera Ortega y Gasset siempre “Soy yo y mis circunstancias” y las circunstancias de ambos personajes son incomparables e inobjetablemente disímbolas, en la unidad de tiempo, de espacio y de acción.
Para empezar a ver las diferencias ¡Incomparables diferencias! Sor Juana Inés de la Cruz nació en la hacienda de San Miguel Nepantla, Estado de México, el 12 de noviembre de 1648, es decir, hace 363 años. Juana de Asbaje y Ramírez hija quesque natural (como si los niños o niñas nacidos dentro de matrimonio no lo fueran) de la criolla Isabel Ramírez de Santillana y el vizcaíno Pedro Manuel de Asbaje. A los tres años Sor Juana ya sabía leer, a los siete pedía que la mandaran a estudiar a la Universidad y a los ocho escribió una loa para la fiesta de Corpus. Sor Juana Inés estudió latín “en veinte lecciones” con el bachiller Martín de Olivas, logrando dominar esta lengua, lo que se manifiesta en la maestría de sus villancicos, donde intercala versos latinos. Leyó mucho durante toda su vida, tanto autores clásicos romanos y griegos como españoles y creó, entre otras cosas, 3 letras para cantar 40 romances epistolares 9 romances sactos 16 romances de amor, 7 laberintos endecasílabos, 12 endechas, 2 seguidillas, 8 redondillas, 1 sátira, 7 epigramas, 235 glosas quintillas, 20 billeres, 65 sonetos, 3 liras, 1 ovillejo, 3 silvas, 12 obras para teatro y una prosa.
Lo que se escribe por amor, cualquier amor -que como causa o pretexto, con eso nos basta y sobra- durará toda la vida. Lo que es por obligación, nace padeciendo el síndrome del moribundo. Sin embargo, hay de encomiendas a encargos y el deber del corazón es la obligación más firme en que llega a constituirse. Allí, donde se lleva empeñada la conciencia, la honra y el mejor de los motivos para seguir escribiendo.
Apenas he comenzado a redactar mi trabajo, y ya me encuentro perdido en este tema propuesto, quizá porque es tan grande el abismal cotejo en el tiempo, en el espacio y la acción, que cuando mucho, si hubiese alguna semejanza, sería que ambas plantaron al varón, hombre o macho en el terreno del cuestionamiento de su razonamiento viril, rompiendo de esa manera los paradigmas de su tiempo. Si bien Sor Juana fue la iniciadora, para analizar la aportación de la señora Paquita debemos recorrer el arduo sendero por donde caminaron las inmensas poetas que tuvieron la dicha de escribir en la más hermosa de todas las lenguas: La lengua española.
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